Lecturas recomendadas

 
Título Autor/a Año Editorial
El diablo de los números Hans Magnus Enzensberger 2013 Siruela
DEPARTAMENTO DE MATEMÁTICAS. Alfonso Lerma

A Robert no le gustan las Matemáticas, como sucede a muchas personas, porque no las acaba de entender.

En los sueños, todo es diferente al colegio o a la ciencia. Cuando Robert y el diablo de los números hablan, se expresan a veces de forma bastante extraña. Tampoco esto es sorprendente, pues El diablo de los números es precisamente una extraña historia.

¡Pero no creáis que todo el mundo entiende las palabras que ambos utilizan! Vuestro profesor de Matemáticas, por ejemplo, o vuestros padres. Si les decís "saltar" o "rábano", no entenderán qué quiere decir. Entre los adultos se habla de otra forma: en vez de "saltar" se dice "elevar al cuadrado" o "elevar a la potencia" y en lugar de "rábano" escriben "raíz" en la pizarra. Los "números de primera" se llaman en la clase de Matemáticas "números primos", y vuestro profesor jamás dirá "¡Cinco pum!", porque para eso tiene una expresión extranjera que es "factorial de cinco".

En los sueños no existen estas expresiones especializadas. Nadie sueña con palabras extranjeras. Así que cuando el diablo de los números habla en imágenes y hace "saltar los números", en vez de "elevarlos a potencias", no es sólo cosa de niños: en sueños, todos hacemos lo que queremos.

 
Título Autor/a Año Editorial
El filo de la navaja W. Somerset Maugham 2012 RBA
DEPARTAMENTO DE LENGUA CASTELLANA. Manuel Calderón

Larry, huérfano de padre (un profesor en Yale) y aviador durante la reciente PGM (la acción es contemporánea a la descomposición del imperio Habsburgo y la rebelión de las masas en Europa), se disputa con Gray, hijo de un millonario, el amor de Isabel, una joven vivaz y alegre que, ante todo, quiere disfrutar de su vida y alcanzar una buena posición para seguir haciéndolo. Ella sabe también que el dinero da influencia y categoría social, y que en el país donde vive (EE.UU.) es una obligación ganarlo. A su vez, Larry piensa: «¿no me valdría más tomar por el camino trillado y no preocuparme de lo que me pueda ocurrir?» Pero también: «creo que no alcanzaré la paz hasta haber formado una opinión concreta acerca de las cosas, pues es difícil no preguntarse cuál es el significado de la vida». Y ésa es su tarea a lo largo de la novela, lo cual le ocupará varios años.

Al igual que la Nodriza sugiere a Julieta, en la tragedia de Shakespeare, Elliott, el cínico tío de Isabel, es partidario de que ella se case con el rico heredero: «pasado uno o dos años, se convertirá en la amante de Larry si tuviere ganas, Gray pondrá un lujoso piso a una actriz conocida y todos serán felices». Pero Larry decide irse dos años a París «buscando algo sin saber qué y sin estar seguro de si existe», mientras Elliott fracasa en su empeño de «buscarle una liaison con una mujer algo más madura», porque piensa que «le vendría muy bien para formarse». Por el contrario, Larry se matricula en la Sorbona y se pone a leer a los clásicos greco-latinos, literatura y filosofía, de ocho a diez horas diarias, porque se hace preguntas que sólo «discuten los de segundo año en las universidades, y para cuando salen de ellas ya ni se acuerdan», porque «tienen que ganarse la vida».

 
Título Autor/a Año Editorial
Walden Henry David Thoreau 2005 Cátedra
DEPARTAMENTO DE LENGUA CASTELLANA. Manuel Calderón

Dice el autor de este ensayo de 1854: «fui a los bosques porque quería vivir conscientemente, enfrentarme sólo a los hechos esenciales de la vida y ver si podía aprender lo que la vida tenía que enseñar, y para no descubrir, en la hora de mi muerte, que no había vivido.» Es una decisión que toma cuando se percata de que «los hombres trabajan por error, prometiendo pagar mañana y muriendo hoy; buscando favores y encargos de muchos modos; mintiendo, adulando, votando, encogiéndose en una cáscara de nuez de civilidad.» De tal manera que «cuando el granjero tiene su casa, puede que no sea más rico sino más pobre por ello y que sea la casa la que lo tenga a él.»

Por eso, añade, «los estudiantes no deberían jugar a la vida o sólo estudiarla, mientras la comunidad les apoya en este juego caro, sino vivirla en serio de principio a fin.» Y recuerda que «un clásico es la obra de arte más próxima a la vida. Después de aprender las primeras letras, deberíamos leer lo mejor de la literatura».

«No permitas que ganarte la vida sea tu oficio, sino un esparcimiento. Disfruta de la Tierra, pero no la poseas. Por falta de iniciativa y fe, los hombres están donde están: comprando, vendiendo y gastando sus vidas como siervos. Deberíamos volver a casa de lejos, de aventuras y peligros y descubrimientos cotidianos, con nueva experiencia y carácter.»

 
Título Autor/a Año Editorial
El gran Meaulnes Alain fournier 2004 Mondadori
DEPARTAMENTO DE LENGUA CASTELLANA. Manuel Calderón

El tullido y melancólico François, de quince años, quien solía leer en el cuarto de los archivos del Ayuntamiento, «lleno de moscas muertas y carteles agitándose con el viento», recuerda cómo Augustin Meaulnes, dos años mayor, arrastraba a sus compañeros a la salida de la escuela, que coincidía con la hora de ordeñar, a ver los establos o al carretero, quien tenía fragua y cuando trajinaba, proyectaba en la pared unas sombras violentas. Augustin huye o se pierde un día y llega a una casa en ruinas, en lo más desolado de la Sologne, por cuyas rendijas entraba la luz de la luna cuando el viento despejaba las nubes. Siguiendo el sonido apagado de un piano, cruza patios, jardines y corredores, como los paladines del Orlando furioso, perdidos en el palacio de Alcina, sin ver a nadie; hasta que descubre un banquete de bodas sin novia, quien además de ser desconocida, tampoco había acudido. Sólo mucho después sabremos que se llama Valentine, una plausible predecesora de my funny Valentine, de Chet Baker. Aunque, de momento, Meaulnes se sentía allí un extraño, pensando que también «debía estar siempre preparado para marcharse». Y cuando lo haga para estudiar en París, su amigo François sentirá que, con Meaulnes, se había ido para siempre su adolescencia.

La sensibilidad de François y Augustin, en esta novela anterior a la PGM, es la de unos jóvenes que asisten a la pérdida inaugural (por ser antesala de otras muchas) de la adolescencia. «¿De dónde venía ese vacío, ese alejamiento, esa incapacidad de ser feliz?» se pregunta François. «No tenemos más que subir al desván», de donde Meaulnes salió al principio de la novela, y «oír, hasta el anochecer, silbar y gemir los naufragios».

 
Título Autor/a Año Editorial
Je voudrais que quelqu’un m’attende quelque part Anna Gavalda 2001 J’ai lu
DEPARTAMENTO DE FRANCÉS. Carmela Fandos

El tullido y melancólico François, de quince años, quien solía leer en el cuarto de los archivos del Ayuntamiento, «lleno de moscas muertas y carteles agitándose con el viento», recuerda cómo Augustin Meaulnes, dos años mayor, arrastraba a sus compañeros a la salida de la escuela, que coincidía con la hora de ordeñar, a ver los establos o al carretero, quien tenía fragua y cuando trajinaba, proyectaba en la pared unas sombras violentas. Augustin huye o se pierde un día y llega a una casa en ruinas, en lo más desolado de la Sologne, por cuyas rendijas entraba la luz de la luna cuando el viento despejaba las nubes. Siguiendo el sonido apagado de un piano, cruza patios, jardines y corredores, como los paladines del Orlando furioso, perdidos en el palacio de Alcina, sin ver a nadie; hasta que descubre un banquete de bodas sin novia, quien además de ser desconocida, tampoco había acudido. Sólo mucho después sabremos que se llama Valentine, una plausible predecesora de my funny Valentine, de Chet Baker. Aunque, de momento, Meaulnes se sentía allí un extraño, pensando que también «debía estar siempre preparado para marcharse». Y cuando lo haga para estudiar en París, su amigo François sentirá que, con Meaulnes, se había ido para siempre su adolescencia.

La sensibilidad de François y Augustin, en esta novela anterior a la PGM, es la de unos jóvenes que asisten a la pérdida inaugural (por ser antesala de otras muchas) de la adolescencia. «¿De dónde venía ese vacío, ese alejamiento, esa incapacidad de ser feliz?» se pregunta François. «No tenemos más que subir al desván», de donde Meaulnes salió al principio de la novela, y «oír, hasta el anochecer, silbar y gemir los naufragios».